Contra las centrales nucleares

Cada vez somos más los que comprendemos la importancia y urgencia de hacer cumplir el artículo 41 de la Constitución: todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras.
Una prueba de ello es lo ocurrido recientemente en Río Negro. En mayo su gobernador anunció desde China la construcción de una planta nuclear en su provincia, al tiempo que el presidente ratificaba una serie de inversiones del gigante asiático acordadas por la gestión anterior. Lo que no se imaginaba Weretilneck es que a los tres meses iba a verse obligado a desistir del proyecto.
Apenas llegada la noticia, la unión de asambleas patagónicas empezó una campaña de oposición a la instalación de la central en la región. A su vez, el párroco de la catedral de Viedma, a partir de la preocupación que le expresaban los vecinos, abrió las puertas de su iglesia para la reunión inaugural de la Asamblea No Nuclear, a la que asistieron cientos de personas.
Mientras el Ejecutivo provincial descalificaba duramente a los primeros en reaccionar, el rechazo crecía exponencialmente. A los pocos días ya se habían juntado miles de firmas. El reclamo tuvo su auge el 9 de agosto con marchas multitudinarias en varias ciudades. El principio del fin de la planta estuvo marcado por las PASO: los candidatos del oficialismo salieron terceros, con el 18% de los votos. A las dos semanas, el gobernador sorprendió con un mensaje en el que comunicaba su decisión indeclinable de no autorizar la central en su jurisdicción. Luego envió a la Legislatura un proyecto de ley, aprobado en cuestión de horas, cuyo artículo 1 explicita la prohibición de plantas nucleares en la provincia. O sea, el pueblo rionegrino le torció el brazo al gobierno provincial, nacional y chino.
Quedó comprobado otra vez que la voluntad popular es más potente que cualquier poder político y económico, por más corruptos e inescrupulosos que éstos fuesen.
Es de esperar que este compromiso ciudadano se vuelva contagioso y que desde cada rincón del país nos plantemos en contra de las plantas con un rotundo: “En la Argentina no”, de manera que las autoridades se sientan forzadas a rescindir los contratos de las dos centrales nucleares con los chinos, se dispongan a desmantelar las de Atucha I y II, y la de Embalse, y que, en cambio, se aboquen a maximizar la generación de energía renovable para superar el 20% en 2025 (el mínimo establecido por ley para ese año).
Esto sólo sucederá si la mayoría nos involucramos e informamos sobre el tema. Podemos buscar en Internet el libro Energía nuclear: una historia de engaños, ocultamiento y abandono (de la ONG Bios), o una conferencia de Pablo Lada (del MACH) para interiorizarnos sobre los efectos devastadores de las nucleoeléctricas (los nefastos impactos de la minería del uranio y los peligrosos residuos radiactivos que persisten por miles de años) así como otros riesgos (accidentes o atentados). También nos enteraremos de lo cara que es esta energía y que dista mucho de ser “pacífica” (así se la promociona), ya que sus materiales fisibles (uranio y plutonio) son los requeridos para fabricar armas nucleares.
Ojalá haya llegado la hora de que nuestra participación activa se convierta en la solución de los demás conflictos socioambientales que siguen agravándose.

Fuente: La Nación

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